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"Un mundo imaginado": el viaje por las raíces inmigrantes que se estrenó en el BAFICI

  • Foto del escritor: Lucía Matteo
    Lucía Matteo
  • 15 jun 2025
  • 5 min de lectura

Actualizado: 2 jul 2025

Situada entre Argentina y Taiwán, Un Mundo Imaginado se estrenó en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, como un puente invisible entre culturas, desarraigos y pertenencias compartidas. Un viaje sin pasaporte, que recorre la historia de aquellos que no se sienten del todo nativos en ninguna de sus dos tierras.

La película documental de Marcos Rodríguez se estrenó este año en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires
La película documental de Marcos Rodríguez se estrenó este año en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires

Buenos Aires anocheció con el aliento helado de abril, como si el otoño hubiese decidido mostrar sin preámbulos su carácter filoso y frío. Era viernes y en la Avenida Corrientes circulaban bufandas apretadas y manos hundidas en los bolsillos. Buscaban apuradas refugiarse del viento. La mayoría de ellas se dirigía al ritual cinéfilo que justificaba enfrentarse a aquel clima: la primera proyección de Un Mundo Imaginado en el BAFICI. 


Este año, el Centro Cultural San Martín fue la sede principal del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires. Una enorme pirámide de cristal iluminada de azul recibía imponente a los visitantes. Al cruzar la puerta de vidrio, el aire cálido como un abrazo silencioso le daba la bienvenida a los espectadores. En la entrada, dos chicas vestidas de azul les indicaban bajar las escaleras mecánicas, para descender tres niveles bajo la tierra y sumergirse en otra dimensión: donde el tiempo se frena, la vida se mira desde afuera y la vorágine de la ciudad queda lejos, en pausa.


En el subsuelo, un grupo de personas conversaba fuera de la sala. Los techos eran altos y las paredes exhibían posters de películas participantes en ediciones anteriores del festival. Se exponía en vidrieras una muestra sobre la historia del cine, que disponía equipos de grabación analógicos e imágenes antiguas. Sin embargo, los espectadores no tuvieron tiempo de contemplarlos en profundidad: las puertas del auditorio se abrieron y el público empezó a entrar.


Dentro de la sala todo sonaba contenido. Un eco apagado envolvía el ambiente y el mundo real quedaba suspendido, como si el tiempo mismo pidiera ser dejado afuera por un rato. Cien butacas aterciopeladas de un rojo intenso esperaban ser ocupadas para abrazar la espalda de los espectadores. Se escuchaban pasos ahogados en la alfombra de parejas mayores y grupos de amigos que ingresaban al auditorio. La pantalla estaba iluminada de azul y se leía en letras grandes: “BAFICI 26: Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente”. En un segundo plano, fragmentos de conversaciones en diferentes idiomas creaban un murmullo que combinaba curiosidad, emoción y respeto. 


Al acercarse el comienzo de la proyección, ya no quedaban butacas libres y varias personas se habían sentado en las escaleras laterales de la sala. En ese momento el director de la película, Marcos Rodríguez, se acercó al frente con un micrófono. Tras una breve introducción y agradecimiento al público, comentó que era la primera vez que su largometraje se exhibía en una pantalla grande y frente a una audiencia. Sus palabras transformaron aquel auditorio en un ambiente íntimo. Esos espectadores serían testigos de la primera vez que ese filme salía a la luz en la oscuridad de una sala. Casi como si fueran a presenciar un parto, pero sin ambo ni barbijo. Cuando finalmente se apagaron las luces, no hubo aplausos, ni palabras; solo un silencio expectante que hizo que todo lo demás desaparezca. Y entonces, el viaje empezó. 


Desde los primeros minutos fue claro que no se trataba de una película tradicional. Con planos largos y estáticos, Un mundo Imaginado remontaba a los espectadores a un sueño compartido, en el que no hacía falta entender todo: bastaba con dejarse llevar. Las imágenes, cargadas de neblina y recuerdos, transportaban al público a una dimensión abstracta, donde las fronteras entre países, idiomas y tiempos se desdibujaban con suavidad. La historia, que combina lo documental, lo ficticio y lo poético, oscila entre Taiwán y Argentina. Captura los recuerdos, nostalgias, exilios y querencias de los inmigrantes. Registra las problemáticas de aquellos que se sienten ajenos a su país, extranjeros en su memoria familiar y no del todo nativos  en ninguna de sus dos tierras. Había algo profundamente íntimo y a la vez universal en su forma de abordar el existencialismo inmigrante y el desarraigo cultural. Lo hacía a través de entrevistas a distintas personas, en las que se asociaban sus relatos y sus anécdotas rimaban con elegancia. 


Durante 67 minutos, la sala desapareció y los espectadores cruzaron el océano para transportarse a otro continente. Habitaron la piel de aquellos que comparten culturas y aún intentan descifrar sus raíces. Cuando volvió a encenderse la luz y el público regresó al mundo real, por un instante, nadie se atrevió a decir nada. Como si romper ese silencio fuera traicionar lo que habían vivido. Poco a poco, se unieron en un aplauso prolongado, mientras Marcos y el resto del equipo se acercaban al frente con una sonrisa.


"Fuimos a hablar con gente taiwanesa que vivió en Argentina, que actualmente volvió a Taiwán, pero que emocionalmente aún vive en nuestro país. Queríamos ir a verlas y hablar con ellas cara a cara, para explorar cómo eran sus historias. Fue un proyecto que fuimos haciendo de a poco, a lo largo de mucho tiempo. Primero tuvimos que ir a Taiwán y filmar. Hablar con toda la gente con la que pudiéramos hablar y conocer todos los lugares que pudiéramos conocer. Y una vez que volvimos acá, armamos la película. Por eso este proceso fue distinto, no estuvo tan pautado de entrada como sí sucede en otras películas”, detalló el director, mientras su equipo lo observaba con orgullo.


Antes de despedirse, Marcos agradeció la presencia de Florencia Miao-Hung Hsie, la embajadora de Taiwán. Sentada entre los otros espectadores, la diplomática  compartió su reflexión sobre la película: “Cuando tenía 12 años yo vivía en Taiwán, hasta que un día mi mamá me dijo que iba a dejar de ir al colegio porque nos íbamos a vivir a otro país. En ese momento empecé a imaginarme cómo sería el mundo exterior, que nunca, jamás, podría haberlo imaginado como finalmente fue Argentina. En enero de este año llevé a mis dos hijos a Taiwán, que nunca habían ido. Durante todo el mes anterior a viajar me preguntaban: ¿Qué se hace en Taiwán? ¿Qué se come? ¿Cómo es? ¿Cómo caminan? ¿Viajan en colectivo? ¿Tienen auto? ¿Dónde vamos a vivir?. En su mundo interior, dentro de su pequeño cerebrito, estaban imaginando cómo sería Taiwán. Igual que yo. Creo que le pegó justo en el ojo el título, excelente. Los quiero felicitar”.

 

Tras un nuevo aplauso al equipo de producción, el público comenzó a abandonar la sala para regresar otra vez a la realidad. En la calle, el ruido de las sirenas y la vorágine metropolitana le dio la bienvenida nuevamente. Una vez más, el frío y el viento los recibieron, cortantes, aunque esta vez parecían menos hostiles. Quizás porque el BAFICI, al igual que cada año, los había invitado a mirar el mundo de una forma distinta. Y Un mundo Imaginado además de transportarlos a realidades desconocidas, también los hizo replantear el modo de habitar las suyas. Como su nombre lo anticipaba, se trató de una experiencia casi onírica. Les permitió dejar de mirar aquella historia desde afuera y, aunque sea por unos minutos, entenderla y vivirla desde adentro. Salir de sí mismos sin moverse. Irse muy lejos y, al mismo tiempo, llegar muy cerca de algo que nunca imaginaron conocer. Y cuando la experiencia terminó, volvieron al mundo real. Pero ya no eran exactamente los mismos; igual que un inmigrante que vuelve a su país natal. Igual que alguien que sale de un mundo imaginado. Porque algo en esa historia también hablaba de ellos: de los lugares que se dejan, de los que se adoptan, y de que volver no siempre es lo mismo que regresar.


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