Gala & Kiwi: Un reencuentro atragantado en vino
- Juana Bruno

- 14 jun 2025
- 4 min de lectura
Actualizado: 16 jun 2025
(Contiene Spoilers)
Desde su reciente estreno en mayo, Gala & Kiwi ha dado mucho de qué hablar en redes sociales. Fugaceta fue a verla al Cine Gaumont y te cuenta qué le pareció.

No muchas películas argentinas alcanzan una gran convocatoria en cines, mucho menos si son independientes. Gala & Kiwi, la ópera prima de Axel Cheb Terrab, protagonizada por Agustina Cabo y Carmen Fillol, es la excepción a la regla. La cinta explora la noche de un reencuentro de dos amigas después de seis años sin verse. Es un melodrama que no inicia como tal: se deja ver de a poco, a medida que los personajes revelan entre copa y copa cosas que tienen atragantadas.
La película tiene un logro enorme que se evidencia desde la primera escena en las que las protagonistas ríen en el suelo mientras deciden qué sabores de helado pedir: la sensación de proximidad. Tiene una mística casi teatral, en la que pareciera que nosotros, los espectadores, no estamos viendo una pantalla sino todo lo que les pasa a los personajes durante esa noche. Somos testigos, como si estuviéramos metidos dentro del mismo departamento con ellas, observando todo pero desde cerca. Como si estuviéramos en el sillón escuchándolas conversar en el balcón, bailar en la cama o llorar en el baño.
La trama está ideada para empatizar más con un personaje que con el otro. Primero, por la incomodidad que generan las preguntas de Gala y su lenguaje corporal hacia Kiwi, casi insinuándose amorosamente. Como a Kiwi le resulta incómoda la situación, a nosotros también. Se trata de un reencuentro extraño, que a priori pareciera que se organizó orgánicamente por la necesidad de dos amigas de volver a verse después de mucho tiempo, pero conforme avanza la película nos damos cuenta que ambas partes tenían reclamos pendientes.
Cuando Kiwi aceptó que Gala fuera a su departamento, probablemente no pensó en enumerar los motivos por los que esa amistad quedó en suspenso. La anfitriona hace lo que haría cualquiera con un invitado en su casa: ser correcta. Gala pregunta y repregunta, porque necesita encontrar una respuesta certera de por qué se distanciaron y por qué fue ignorada durante tantos años. No se hace ni la más mínima idea de qué pudo haber ocurrido, o qué pudo haber hecho mal para que todo se desenvolviera de esa manera. Kiwi, en su intento por evitar revivir episodios traumáticos y tener una conversación poco placentera, responsabiliza, de manera temporal, al paso del tiempo y a las vueltas de la vida.
El nombre de Kiwi representa un giro importante en la película. Cuando Kiwi le confiesa, ya desde el hartazgo de haberlo escuchado ininterrumpidamente durante horas, que para ella era un apodo peyorativo, un nombre que no consideraba como propio y que nunca había aceptado, Gala se rompe. Es en ese momento en el que se termina de dar cuenta de que esa amiga que creía conocer resultó ser una desconocida. Era amiga de otra persona, ya sea de una que creó, o que en algún momento existió y ya no está más.
Gala no se hace ni la más mínima idea de nada, y el espectador llega hasta a sentir bronca al respecto. Durante la parte más dura de la película, que no casualmente toma lugar en el baño, llegamos a sentir una empatía tan grande por Kiwi y por el dolor que cae como agua salada de sus cachetes al contar el abuso que sufrió, que ver las lágrimas de Gala no nos conmueven en nada. El director logra que desarrollemos hasta cierto grado de rencor por alguien que, en realidad, está absolutamente rota, perdida y desorientada en la vida.
No es hasta la escueta pero crucial aparición de Tomás, el novio de Gala, que el espectador se pone en los zapatos del personaje por un momento. Hasta entonces, es muy fácil querer y entender a Kiwi. Pero a partir de la llegada del novio, que registra el aire espeso que se respira en ese monoambiente, empezamos a entender un poco más a Gala. Antes de irse y romper su relación amorosa con ella, él le explica lo mucho que la quiere, pero lo mala persona que es y el daño indiscriminado que genera en todo su entorno. Ella llora y luego se lastima, porque no lo sabe. No lo hace a propósito, pero lastima, y mucho, porque ella es la primera lastimada, y es quien más lo está.
Muchos de los que vimos la película, yo incluida, entramos a la sala pensando que veríamos una historia queer de dos amigas que quieren ser más que amigas, con las idas y vueltas que ya de por sí esa situación tiene. No esperábamos ver a dos personajes tan rotos, tan perdidos. Verla en el cine fue una experiencia muy conmovedora, pero sobre todo humana. Casi tan humana como el reencuentro de dos amigas, aunque quizás, no se trate en verdad de ningún reencuentro de ningunas amigas.
Puntuación de Fugaceta:


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